Me da la madrugada en el intento. El frío que me da en la cama que ella me instó a comprar, el eco que se escucha en la casa que ella nunca conoció, la niebla que se cuela por cada espacio abierto que encuentra, y que yo trato, como si persiguiera algo, buscar esas entradas para espantarla, junto al eterno frío que no me deja concentrar.
No le pediré que regrese, o que me deje regresar. No la buscaré de nuevo a la salida de la universidad, no llegaré otra vez a su casa por las tardes, a pedirle que abra sus manos mientras cierra sus ojos, para darle montañas de dulces como una sorpresa que siempre supo que tenía para ella. Pero tampoco me desharé de ninguna de las cosas que guardo de ella para saberla ausente, para recordarla mía de alguna forma. Para poderme atormentar y destrozarme con ese algo que me desgarra por dentro cada segundo. El algo que en ella ya dejó de latir.
Camino por la casa intentando espantar la niebla, mientras el perro me persigue perezosamente en total silencio, mirándome cerrando las puertas y ventanas detrás mío, mientras caliento agua para tomarme un té, mientras tiemblo un poco cuando busco calentarme al pie del fogón, mientras confirmo que esta soledad tan parecida a la de él y este vacío excusado hoy en forma de niebla tiene varios días quitándome el sueño, y el hambre y las ganas de esperar que amanezca.
Sé que no volverá nunca, sé que ya no tengo a quién ir corriendo a contarle cosas para reírnos juntos, o para desahogarme de las cosas que me enojan y las que me salen mal. Sé que ya no tengo quién espante mis miedos con abrazos, y le de soluciones irreales a las cosas que no puedo controlar. Sé que ya nunca la veré bailar cuando se siente feliz, ni volveremos a ponernos apodos ridículos que sólo los dos íbamos a entender. Se que ya no la voy a poder ayudar con sus proyectos y trabajos, ni voy a volver a sentirme mal cuando no entiendo lo que la afana, mientras me lo dice con toda seriedad.
Escucho entonces cómo las personas de las casas vecinas hacen ruido mientras se alistan para ir a sus trabajos. Espero entonces desde la sala escuchar la alarma del despertador en la habitación, para empezar otro día que va a ser igual a todos. Me alisto entonces para ir al trabajo, rogando que me distraiga con los suficientes problemas por solucionar para poder quitármela de encima un instante. Espero que el día sea largo y complejo, para no tener que volver a lo mismo, no volver a dar vueltas en la cama echándole la culpa de mi insomnio a la lluvia, o a la niebla, o al ruido, al café que tomé durante el día, tratando de darle largas a lo que sé que sólo tiene un nombre, uno que ya no me quiere nombrar.
Me voy a bañar, y recuerdo sus eternos lunares, que me gustaban tanto y que nunca pude terminar de contar. Recuerdo los masajes que le quedé debiendo, porque nunca le dí uno completo cuando llegaba cansada de estudiar. Recuerdo el lugar al que siempre quisimos viajar y que por mi trabajo y mi falta de determinación nunca la pude llevar.
Todos estos, mis intentos inconclusos, la hicieron eterna. Fue siempre ella mi deuda por pagar.
Empiezo así otro día más. Otro día que me aleja más de ella y de todos. Otro día que le confirma que esta adicción mía por el trabajo, y la debilidad de carácter que me lleva a pensarme menos si no hago algo de utilidad, fue lo que hizo que se secara todo de a poco para ella, hasta que ya no fui más que una visita corta de tiempo, con muchas tareas pendientes y con mucho más que demostrar.
Hasta que se aburrió de saber que quedarse fue otra forma de no estar.
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