Mar de recuerdos, de los días pasados, cuando no tenía muchas preocupaciones, y las que tenía realmente no lograban afectarme lo suficiente.
Cuando el mundo cabía en cuatro personas y tres lugares. Cuando mis días no tenían afán ni importancia. Cuando el futuro era tan informe y lejano que no se relacionaba en ninguna manera con el presente y no había recuerdos ni pasado, porque se estaban apenas construyendo a la par.
Tenía entonces sentido levantarse en la mañana y acostarse en las noches. Tenía entonces sentido hacer avanzar el mundo a pasos y detenerse en los detalles. Tenía entonces sentido pasar noches en vela y dormir días completos y salir a la calle y esperar el nuevo sol en compañía, y contrariar todo y a todos y ser imprudente y feliz. Tenía entonces sentido vivir, seguir, insistir y volver a vivir en un mundo agradecido y coherente.
Ahora cada paso es obligado, por la absurda necesidad de seguir con la rutina que me mantenga con los pies en la tierra. Los pies, las manos, la cabeza y las rodillas, y tratar de avanzar absurdamente así en este sinsentido que para todo el mundo lo tiene.
Y no rendirse.
(Creo que, en el fondo, para eso sirven los recuerdos).
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